sábado, 9 de marzo de 2013

Osadía

Apoyas tu frente contra la mesa mientras experimentas la más profunda sensación de impotencia. Las lágrimas se derraman por tus mejillas, como si huyeran de ti. En tu cabeza sólo existe la presión, tus propios pensamientos intentando salir de ella y destruyendo todo lo que dejan a su paso. Los recuerdos se agolpan unos tras otros, desordenados, creando una falsa imagen de lo que fuiste, buscando una posible explicación de lo que eres. Subes la música, pues en ese instante no es fácil sentirla si no está bien alta. Duele en los oídos, pero da igual, las consecuencias de ello no se harán presentes hasta dentro un par de años, cuando te quedes sordo y no puedas escucharla nunca más. 

Quieres aliviarte ahora, no importa el precio a pagar. Tu corazón rebosa sangre, palpita aceleradamente, tiene que excitar toda tu fisiología, para que te duelan hasta los pelos. Llega esa estrofa, ese maldito conjunto de frases que te hace estremecer, y descaradamente golpeas la mesa. Gritas de rabia, eso sí, en silencio, pues no estás solo. Qué pena que esta última frase sólo pueda ser empleada en este contexto...

No hay comentarios:

Publicar un comentario